Filosofía

Discusión sobre el libre albedrío

Autor: Erasmo
Editorial: El Cuenco de Plata
ISBN: 9789871772384

Reseña

Respuesta a Martín Lutero / Edición Bilingue

Conversación o discusión sobre el libre albedrío que Erasmo publicó en 1524 ha sido considerada una de las pruebas más importantes del influjo del escepticismo antiguo en el camino que conduce hacia la Filosofía Moderna. Para criticar la fuerte doctrina luterana de justificación por la sola fe, en efecto, Erasmo sostiene aquí que el problema del libre albedrío en su relación con la gracia divina es uno de los laberintos más intrincados y que, en todo caso, siendo los pasajes de las Escrituras alegados por Lutero mucho menos contundentes de lo que supone, él preferiría al respecto seguir la actitud de los escépticos y suspender el juicio, especialmente en temas donde la autoridad de la Escritura y los decretos de la Iglesia se lo permiten. Por debajo de esta actitud escéptica, sin embargo, lo que Erasmo defiende es una piedad cristiana simple y básica, ajena a las controversias teológicas y a un afán de certeza que, por ser imposible en cuestiones tan complejas, sólo puede traducirse en facciones enfrentadas. Las guerras de religión que desangraron Europa durante la segunda mitad del siglo XVI y la primera mitad del XVII le iban a dar rápidamente la razón.


Erasmo de Róterdam (Róterdam, 28 de octubre de 1466​ – Basilea, 12 de julio de 1536), también conocido en español como Erasmo de Rotterdam, fue un humanista, filósofo, filólogo y teólogo neerlandés, autor de importantes obras escritas en latín. Entre 1499 y 1500 viajó a Londres, donde tuvo la oportunidad de escuchar a John Colet dando una gran exposición sobre la vida de san Pablo en la Universidad de Oxford. Una vez terminada, Erasmo se acercó a John Colet y mantuvo con él una larga conversación sobre el modo de efectuar una lectura verdaderamente humanista de la Biblia que marcó profundamente su pensamiento. Tanta era su admiración hacia Colet, que «Erasmo que no reconocía otro maestro que a sí mismo, dio solo a él el título de praeceptor unicus». En ese mismo año de 1500, y con la colaboración de Publio Fausto Andrelini, Erasmo escribió sus Adagios (Fábulas), que son más de 690 refranes y moralejas de las tradiciones de las antiguas Grecia y Roma, junto con comentarios sobre su origen y su significado. Algunos de esos refranes se siguen utilizando en el día de hoy. Trabajó en los Adagios durante el resto de su vida, hasta tal punto que la colección había crecido y ya contenía 3400 en 1521, siendo 4500 en el momento de su muerte. El libro se vendió con éxito y llegó a contar con más de 60 ediciones. Erasmo no conoció personalmente a Martín Lutero, ni se adhirió a la Reforma protestante, sin embargo, Lutero dijo en muchas ocasiones que una de sus fuentes de inspiración era la traducción que Erasmo había hecho del Nuevo Testamento; esa traducción había llamado de inmediato la atención del gran reformador y la analizó detalladamente hasta el final de su vida. El amor de Lutero por esta versión desató una catarata de traducciones que por primera vez puso al Nuevo Testamento al alcance de la gente que no sabía leer el latín. En 1522, seis años después de la publicación de Erasmo, Lutero tradujo la Biblia por primera vez al alemán. A su vez, la versión alemana de Lutero fue la base de la primera traducción de William Tyndale al inglés en 1526. Los seguidores de Martín Lutero se propagaron por toda Europa un año después de la publicación del Nuevo Testamento en griego de Erasmo de Róterdam, lo que puso al traductor en una difícil situación de exposición pública. Lutero clamó a los cuatro vientos que el trabajo de Erasmo le había ayudado a ver la verdad, por lo que la mirada de la Iglesia comenzó a caer sobre Erasmo, que supuestamente había dado el paso inicial de la Reforma que terminaría por dividir al cristianismo. Esta situación no fue fácil para Erasmo, siendo como era su carácter y la poca simpatía que sentía por la Iglesia y por el Papa. El conflicto entre la Iglesia y los luteranos se hizo evidente para todo el mundo, y ambos bandos exigieron de inmediato a quienes no habían tomado partido que eligiesen un bando. Lo que ni Lutero ni el Papa comprendían era que, en la mentalidad individualista del sabio, ponerse del lado de católicos o de protestantes le resultaba igualmente repugnante. No estaba dispuesto a colaborar con ninguno de los dos bandos, porque le importaba más su libertad de pensamiento y su independencia individual e intelectual, creía que esa libertad se perdería si se unía a cualquiera de los bandos, por eso se negó a tomar partido.